El río está antes que todo.
Corre lento, marrón, pesado.
A veces parece quieto.
Pero nunca se detiene.
A su lado, la ciudad.
No hubo fundación clara.
No hay una fecha que ordene el relato.
Hubo movimiento.
Barcos.
Gente llegando.
Gente que ya estaba.
El Paraná no era paisaje.
Era camino.
Comida.
Trabajo.
Vida.
Después vinieron los nombres.
Las calles.
El puerto.
y también los símbolos.
A orillas de este río,
Manuel Belgrano
levantó una bandera.
Como una necesidad.
Un gesto en medio de una guerra.
Un intento de ordenar algo en movimiento.
Hoy está el monumento.
La imagen.
La historia contada.
Pero el río sigue igual.

Se habló de inmigrantes.
Y es cierto.
Pero no alcanza.
Desde el norte bajaron otros ritmos.
Otras formas de hablar.
Otras maneras de estar.
Corrientes, Chaco, el litoral.
Entraron sin pedir permiso.
Se quedaron.
La ciudad no se ordenó.
Se fue armando.
Capas sobre capas.
El río siguió marcando el tiempo.
A veces de frente.
A veces de espaldas.
Las islas están ahí.
Cuando arden, se ven.
Cuando no, parecen lejanas.
Pero siempre están.
La ciudad crece entre eso.
Entre lo que se usa
y lo que se pierde.
La cultura aparece donde puede.
En una casa.
En un bar.
En un galpón.
Un escenario chico.
Un equipo prestado.
Alguien que toca.
Alguien que escucha.
Las canciones pasan de una generación a otra.
De Litto Nebbia a Fito Páez.
Y siguen.
En otras voces.
En otros sonidos.
Nada es del todo fijo.
Todo se mueve.
Rosario se entiende así.
Caminándola.
Escuchándola.
Estando.
Rosario al mundo nace de ahí.
De mirar la ciudad sin apurarla.
De cruzarla con otras historias.
Con otros territorios y culturas.
Porque lo que pasa acá
también pasa en otros lugares.
Con otras formas.
Con otros nombres.
Y en ese cruce,
la ciudad encuentra su lugar.
