Una Revolución que ya no es y la pregunta que nadie quiere responder
Bitácora desde la memoria del Che, entre la historia y la herida abierta de una isla
Si el Che viviera y viera Cuba donde hay noches en las que el tiempo se detiene.
No por romanticismo.
Por oscuridad.
La electricidad se corta durante horas. A veces durante días. La heladera deja de funcionar. Los ventiladores se apagan. El calor se vuelve espeso. El silencio pesa más que el ruido. Y en esa oscuridad, millones de cubanos esperan.
Esperan que vuelva la luz.
Esperan que llegue comida.
Esperan que algo cambie.
Los apagones, que se intensificaron desde 2021 y se profundizaron en los últimos años, no son solo debido al bloqueo económico impuesto por Estados Unidos que restringe el acceso a combustible, financiamiento e infraestructura. También son consecuencia del deterioro interno del sistema energético cubano. Es el resultado de la mala gestión y un cerco que asfixia la economía de la isla y limita su capacidad de sostener servicios básicos.
Pero el bloqueo, aunque real y determinante, no explica todo.
También existe el desgaste interno.
La burocracia.
La inercia.
El miedo.
La incapacidad de reformarse.
Y entonces surge una pregunta inevitable.
Una pregunta incómoda.
Una pregunta peligrosa.
Si el Che estuviera vivo y viera Cuba
¿Qué pensaría si pudiera caminar hoy por las calles de Cuba?
¿Qué diría al ver al pueblo al que ayudó a liberar sobreviviendo entre apagones, escasez y miedo?
El argentino que se convirtió en símbolo, pero nunca quiso ser estatua.






Ernesto Guevara, argentino y rosarino, viajero, médico, fotógrafo y revolucionario por convicción, no fue solo una figura simbólica: fue un hombre de acción y de principios. Médico de alma, cubano por entrega, latinoamericano por destino. Su vida estuvo marcada por una búsqueda incansable de justicia social, y su paso por Cuba dejó una huella tan profunda como contradictoria.
Todo comenzó en un viaje.
Un viaje en motocicleta por América Latina donde descubrió las heridas abiertas del continente: desigualdad, explotación, miseria estructural, algo que no ha cambiado mucho. No fue un recorrido turístico. Fue una revelación.
Ahí nació el Che.
No como revolucionario.
Sino como conciencia.
Inspirado en los ideales de próceres latinoamericanos como Martí, Bolívar o incluso San Martín, a quien sin duda conocía como argentino, el Che creyó en una América unida, libre y justa. Y encontró en la Revolución Cubana una causa por la cual dejarlo todo. Y lo hizo, acabando con una dictadura muy dura de Batista. Porque el Che no fue un turista de revoluciones, fue un hombre que creyó hasta la médula. Que renunció a todo privilegio por una idea.
Él entendía que la libertad de los pueblos de américa latina y el caribe era una sola causa, desde el Río de la Plata hasta la Sierra Maestra.
Escribió alguna vez:
“Déjame decirte, a riesgo de parecer ridículo, que el verdadero revolucionario está guiado por grandes sentimientos de amor.” Ese amor —profundo, incómodo, innegociable— lo llevó a ser más que un símbolo: lo convirtió en ejemplo.
Amor al pueblo.
Amor a la justicia.
Amor a la dignidad.
Ese mismo hombre —que cruzó fronteras con un ideal cosido al pecho— ¿miraría hoy en silencio los apagones, el hambre y la represión?
¿Justificaría la burocracia que asfixia al mismo pueblo por el que se jugó la vida?
No lo creo.
La Cuba de hoy
Entre el bloqueo externo y el bloqueo interno





La isla atraviesa una de sus crisis más profundas desde la caída de la Unión Soviética. El bloqueo estadounidense limita operaciones financieras, comercio y acceso a insumos estratégicos. El combustible escasea. Las centrales eléctricas envejecen. La infraestructura energética colapsa.
Pero la crisis no es solo energética.
Es económica.
Es social.
Es moral.
La inflación erosiona salarios. Los jóvenes emigran masivamente. Los médicos que pueden, abandonan hospitales. Las familias se fragmentan entre quienes se van y quienes se quedan resistiendo.
Donde los ideales se perdieron entre la burocracia, la censura y la represión.
Donde los apagones duran horas interminables. Donde la escasez es cotidiana: no hay medicamentos, no hay leche, no hay libertad.
Donde La Habana —bella y rota— se cae a pedazos, y en Cienfuegos, Santa Clara o Camagüey la gente sobrevive haciendo colas eternas, trueques por comida o vendiendo las pocas cosas que tienen.
La Revolución que prometía dignidad hoy sobrevive entre apagones.
La pregunta ya no es ideológica.
Es humana.
Represión e injusticia. Cultura y silencio: cuando la Revolución teme a sus propios hijos
En los últimos años, las protestas sociales y expresiones culturales críticas han sido respondidas con detenciones, juicios y silencios forzados. Jóvenes, artistas, músicos, ciudadanos comunes han enfrentado consecuencias por expresar descontento.
El caso de los jóvenes vinculados al movimiento cultural independiente —como los conocidos en espacios alternativos y colectivos creativos como el 4tico— refleja una tensión creciente entre el poder y las nuevas generaciones.
Más allá de nombres concretos, el clima es claro: disentir tiene costos.
Y ahí la pregunta vuelve a aparecer.
¿Habría callado el Che ante jóvenes encarcelados por protestar?
¿Habría aceptado que la crítica interna sea tratada como traición?
Probablemente no. Porque el Che aún en Cuba, no defendía el orden por el orden mismo. Defendía la coherencia revolucionaria. Y una revolución que no admite crítica corre el riesgo de convertirse en aquello que prometía combatir.
Porque son jóvenes que crecieron dentro de la Revolución y que hoy se atreven a cuestionarla. Y esa es, quizás, la crítica más dolorosa. Porque no viene del enemigo histórico. Viene desde adentro.
El Che creía en la conciencia crítica como motor revolucionario. No en el silencio obligado. No en el miedo como herramienta política. Es difícil imaginarlo del lado de la censura. Es más fácil imaginarlo del lado de quienes se atreven a pensar.
La Revolución que el Che imaginó no era esto







El Che no fue un turista de revoluciones. Fue un hombre que creyó hasta las últimas consecuencias.
También criticó la burocracia, el estancamiento, rechazó el conformismo y la pérdida del impulso moral revolucionario. Desconfiaba del poder que se perpetúa sin transformarse. Defendió la idea del “hombre nuevo”: un ser humano guiado por la conciencia, la solidaridad y la responsabilidad colectiva, no por privilegios ni por miedo.
En su carta de despedida a Fidel Castro escribió:
“Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos…”
Su lealtad no era hacia el poder.
Era hacia la revolución como proceso vivo y global.
Por eso resulta difícil imaginarlo defendiendo una Revolución inmóvil. Creía en una revolución permanente. Viva. Crítica.
Ese amor del que hablaba no puede convivir con el hambre.
No puede convivir con el silencio impuesto.
No puede convivir con la resignación.
Hoy, esa Cuba que ayudó a liberar vive una contradicción profunda.
El Estado que prometía emancipar controla.
El sistema que prometía dignidad administra escasez.
La revolución que prometía futuro gestiona supervivencia.
Muchos jóvenes ya no sueñan con construir el país.
Sueñan con irse.
El Che no luchó para que el exilio fuera el horizonte natural de una generación.
Hoy, el Che en Cuba sería incómodo





No era un hombre obediente.
Era un hombre coherente.
No justificaba la injusticia viniera de donde viniera.
No defendía el poder por el poder mismo.
Defendía al pueblo.
Probablemente hoy no estaría cómodo ni con Washington ni con el Partido Comunista Cubano.
Criticaría el bloqueo externo que asfixia a la isla.
Pero también cuestionaría el bloqueo interno que asfixia su futuro.
Se alinearía con el pueblo, especialmente con los jóvenes que piden cambios con dignidad.
Porque no creía en excusas eternas.
Creía en transformación permanente.
“El conocimiento nos hace responsables”, dijo. El Che como médico y pensador sabía que no se podía ser indiferente. Hoy, al conocer el sufrimiento del pueblo cubano, el silencio también es complicidad.
¿Qué haría el Che?
Tal vez estaría en un hospital sin insumos. Tal vez estaría del lado de los oprimidos, incluso si eso implicara enfrentarse a la dirigencia actual.
Tal vez hablaría de una revolución dentro de la revolución.
Tal vez intentaría sacudir la inercia y devolverle contenido real a las palabras justicia y dignidad.
O tal vez estaría preso.
O exiliado.
O silenciado.
Porque el Che no fue nunca un símbolo cómodo.
Fue una amenaza para cualquier sistema que traicionara sus propios principios.
La pregunta final










Hoy su rostro está en remeras y murales.
Pero su espíritu —crítico, incómodo, vivo— parece haberse separado de las estructuras que hablan en su nombre y estar más cerca del pueblo.
Cuba sigue resistiendo.
El pueblo sigue resistiendo.
En los médicos que luchan día a día por vocación más que por un salario.
En las colas interminables.
En la separación de las familias.
En la oscuridad de los apagones.
Y en esa oscuridad, su figura vuelve a aparecer. No como estatua. Como pregunta.
Si el Che estuviera vivo, ¿estaría en el poder… o estaría con el pueblo?
Nadie puede saber con certeza qué pensaría el Che hoy. Pero su vida —marcada por la crítica, la acción y la coherencia— sugiere que no habría permanecido indiferente ante el sufrimiento del pueblo
Porque el verdadero revolucionario no se ata a banderas, sino a causas. Y la causa de Cuba, hoy, es volver a ser libre.
Firma editorial — Multipase
Porque viajar también es entender.
Porque las fronteras no son solo geográficas.
Porque hay viajes que no terminan nunca.
Multipase no recorre lugares.
Recorre verdades desde adentro.






























