Melomundo — Gimena Álvarez Cela y un viaje sonoro

Shima, la música como territorio

Rosario siempre estuvo cerca, suele cantar Fito Páez, y eso es verdad. No hace falta ir muy lejos para viajar.

Este es uno de los tantos viajes que realicé solo a Buenos Aires recientemente. No era la primera vez. Tampoco era la primera vez que viajaba solo hacia la ciudad de la furia. De hecho, el primer viaje importante que hice por mi cuenta fue justamente allí, en 2007, con apenas veinte años, para ver a Soda Stereo en su gira Me Verás Volver. Pero esa es otra historia, que merece su propio capítulo.

Esta vez, el motivo volvía a ser el mismo que impulsó muchos de mis viajes a la capital argentina: la música.

Iba a ver a mi amiga Gimena Álvarez Cela en uno de sus conciertos íntimos a piano, rodeada de artistas invitados.


El universo de Gime

Gime canta, escribe, compone, toca el piano, el acordeón, la guitarra, graba, produce. Creo haberla visto incluso detrás de una batería alguna vez. Es una artista completa.

La escuché por primera vez en noviembre de 2010, cuando integraba en teclados y coros la banda No lo soporto, junto a Naila Borensztein en voz y sintetizador, Lucía Borensztein en batería, Kevin Borensztein en bajo y Agus Ferro en guitarras. Se presentaron en el breve pero recordado Club Imperial, una especie de café concert que duró apenas un año: una idea adelantada a su tiempo, en una ciudad que todavía no estaba preparada para ese tipo de propuestas.

Ya entonces, Gimena mostraba una presencia escénica sólida. Su sensibilidad musical y su estética aportaban identidad al conjunto.

En 2012, No lo soporto regresó a Rosario para presentar Universo, en el mítico Café de la Flor, uno de esos espacios que sostuvieron la escena independiente durante años. Para ese entonces ya habíamos empezado a hablar. Recuerdo que, en ese recital, cerca de mi cumpleaños, me regaló el primer disco de su banda Milhojas, Involuntaria demora. Yo venía siguiendo el proyecto: un cruce entre funk, pop y rock, un territorio donde, en mi opinión, Gime brilla especialmente por su versatilidad.

En los años siguientes la vi en distintos proyectos, entre ellos The Nenas, agrupación integrada por Majo Leiva en voz, Nathy Cabrera en bajo, Nana Arguen en guitarra y Silvana Colagiovanni en batería. Juntas reinterpretan clásicos del funk, disco, neo-soul y R&B.

También tuve la oportunidad de verla sola, a piano, en el Celta Concert. Quizás allí comenzaba a tomar forma este formato íntimo que hoy la define con tanta naturalidad.

Con el tiempo, su recorrido se expandió. Compartió escenario con artistas como Hilda Lizarazu, Celeste Carballo y Benito Cerati, entre muchos otros. También formó parte de giras internacionales, incluyendo presentaciones en Europa junto al cantautor francés Benjamin Biolay. Su universo musical es amplio, en constante expansión.

Ese recorrido decantó finalmente en Shima, su primer disco solista, que presentó también en Europa. Un renacer artístico. Una obra autoral producida junto a Tweety González, histórico colaborador de Cerati y Fito.

Shima es como un libro musical abierto. Íntimo, cargado de significado, identidad y simbolismo. Invita a escuchar la obra completa como un mapa emocional, prestando atención a los matices, a los cruces entre lo orgánico y lo electrónico, entre lo ancestral y lo contemporáneo que allí transmutan.

Un viaje sonoro. Una suerte de folk electrónico argentino con pulso propio.


La ciudad como antesala

Yo ya había estado en Buenos Aires meses atrás, en septiembre de 2025. Tras recorrer una muestra fotográfica en el CCK y ver a Daniela Herrero en el Centro Cultural Recoleta, asistí al primer concierto íntimo a piano que Gimena realizó en La Casa de Lolita.

En esta presentación de Gime, tuve el placer de conocer a Benito Cerati, a quien sigo desde Zero Kill.

También participaron artistas como Lisandro Aristimuño, dando forma al tema Tibio, Ignacia y Ariel Polenta. Fue una experiencia sonora cercana, casi confidencial, un primer vistazo a las posibilidades de este álbum.

Esa misma noche, por coincidencias de la vida, tocaba Fluido, banda rosarina amiga, en Makena con todo su power rock. Gracias a un mensaje de último momento con Lolo, llegué a tiempo para verlos. Al día siguiente comí el mejor choripán de la historia, muy cerquita de la bombonera, en La Boca. Pero esa también es otra historia.

Volviendo a diciembre y a esta segunda edición, llegué a Buenos Aires un día antes del concierto. Me alojé en San Telmo, en Casa Telmo, donde Noe y Agus me recibieron con calidez. El barrio conserva esa textura particular donde el tiempo parece moverse a otra velocidad.

Salí a caminar. Lo primero fue un café con medialunas en un bodegón antiguo, de esos que resisten el paso del tiempo. Luego recorrí sus calles y mercados. Descubrí finalmente la Casa Mínima, que por alguna razón nunca había visto antes. Rincones que aparecen cuando uno camina sin destino.

Más tarde fui hacia Puerto Madero. Volé el dron con cautela. El atardecer caía lento sobre el río artificial mientras la gente caminaba, corría o simplemente observaba el cielo.

Esa noche, bebiendo una cerveza sentado en un bar, apareció una pequeña ratita entre las mesas, me senti en Paris, quien conoce sabe porque lo digo. Lejos de incomodar, generó un momento de comunión inesperado entre desconocidos. La escena se volvió colectiva. se armó un interesante ambiente de complicidad que derivó en otros temas.

Lo más gracioso un gato grande negro paseando por las azoteas cual vigía nocturno, pero muy lejos de donde estaba la acción real, parecía un funcionario.

Más tarde siguiendo la noche, ya pensando en volver a descansar, pasé por un lugar donde había un importante número de personas afuera y desde adentro se escuchaba música de una banda tocando. Nunca mejor dicho “vi luz y entre”, porque así mismo pasó.

Me encontré con un espacio medio Under y con una banda joven tocando un estilo de rock alternativo. Tras hacer amistad con personas allí presentes me pasan el nombre Rosamonte, banda bastante conocida en el Under porteño formada, según lo que averigüé, por Damian (voz y guitarra) Juan (batería) y Agustina (bajo y voz), con un estilo que me hizo acordar a los primeros recitales de La última Canción del Mundo, una banda de Rosario de paradero desconocido.

El público respondía con el cuerpo. Me sorprendió gratamente ver gente tan joven que mantienen viva una escena tan diferente y rica. Más me sorprendió la voz de la bajista sobre todo en el tema Sueños Rotos y otros temas que fui descubriendo, como Aurora del disco Inevitable que también resonaron. Me enteré que había una campaña de donación a beneficio así que fui a un almacén cercano e hice mi aporte. El rock sigue vivo en esos espacios casi invisibles.

De San Telmo a Palermo

Al día siguiente unos matecitos en Casa Telmo, Agus dormía, así que dejamos las llaves en el buzón como estaba acordado y me trasladé hacia el barrio de Palermo donde por la noche me esperaba el segundo recital a Piano de Gime.

En el camino, mientras recorría San Telmo por la calle defensa, con sus mercaditos y sus rincones, llegue hasta Casa Rosada, vallada como siempre. En la plaza me cruce con un Tucumano que invitaba a las Chinas a bailar chamamé y no a las chinas campesinas, sino a las chinas de China. Tucumano, chamamé, chinas… todo muy raro, me acerqué a hablar porque nos entendimos con un par de gestos, vestido de gaucho y con su picardía me hizo acordar a mi viejo, le tome una foto, si alguien lo conoce se la hace llegar y si saben el nombre me dicen porque me lo olvide, digámosle por ahora don Gervasio.

Luego de charlar un rato seguí mi camino y decidí pasar a saludar al general, sí, a San Martín que reposa allí en la Catedral.

Pasé por el obelisco, foto de rigor y me acerqué hasta el Teatro Colon, decidí parar a picar algo en la plaza que allí se encuentra y descansar un poco en la sombra.

Allí me topé con una rusa, que me hablo en un inglés que entendí muy poco. Yo solo sé decir en ruso estas tres palabras: Спасибо —spasíba (gracias), До свидания — da svidánia (adiós) y Хорошо —jarashó (está bien).

Pero entre señas y gestos algo nos entendimos. Me dijo que era de Moscú, le pregunté que hacía en BsAs y me respondió de vacaciones, sí con guerra y todo siguen paseando. Le conté que tiempo atrás estuve por Moscú y San Petersburgo, que tengo una amiga allá y más o menos eso fue lo que pudimos hablar. No usaba redes sociales como Instagram y demás, solo de allá, creo que se llama VK, alguna vez la instalé para hablar con mi amiga Daria que es de San Petersburgo, es algo cultural y con cierta lógica. La acompañé hasta el lugar que buscaba, nos despedimos y seguí mi camino.

Como ya me había cansado tomé un bus hasta mi alojamiento en Palermo Hollywood que estaba a cuadra y media de donde sería el recital así que mejor imposible.


La ceremonia

Luego de caminar y tomar algo por Palermo Soho y sus mercados en Plaza Serrano, me acerqué a La Casa de Lolita, que es un espacio íntimo, casi secreto. La cercanía transforma la experiencia.

En la puerta fumando un pucho estaba Romina Gaetani, unas de las artistas que iba a participar como invitada en la noche. Una vez dentro me busqué un lugar y me pedí un vermut como para estar en sintonía. Cambié lugar, creo que con la mamá de Ignacia y me senté en unos almohadones en el suelo, lo que me permitió estar más cerca y apreciar el recital desde otro ángulo. Allí se acercó a saludar Gime que ya estaba por comenzar su show, se la notaba feliz.

Se sentó al piano. Y comenzó.

Las primeras notas de “Transmutación” marcaron el tono. Luego “Maruxiña”. La música respiraba.

Se sumaron Fidel Bravo, con su saxo, luego Laura Vázquez tocando su tema “Bella”, a quien Fito Páez convocara a formar parte de la banda Circo Beat y a continuación de Euforia https://www.lauravazquez.com/. Como ella misma me dijo luego, siempre hay un rosarino metido en el medio. Y es que hay un circuito invisible que siempre esta.

 “Termina el día cuando empieza”, junto a Sara Mamani, Cantante, autora y compositora salteña cuya voz transmitió ese espíritu latinoamericano que lleva en su sangre.

“A punto caramelo” algo de lo nuevo, puso dulzura en la voz de Gime, para luego junto a Marina Gayotto, cañadense que hizo escuela en Rosario y su bandoneón hicieran una gran versión expandiendo el paisaje sonoro con “Deja que florezca” de Milhojas.

La noche marca su ritmo con Hilda Lizarazu, quien guitarra en mano disparó un clásico de Man Ray, “Sola en los Bares” coreada por el público y que derivó sutilmente a un fragmento de “La Balsa” de Los Gatos considerada la canción fundadora del rock argentino, compuesta por el gran Litto Nebbia (otro del pago) y Jose Alberto Iglesias “Tanguito”. Sin dudas un gesto simbólico, un puente entre generaciones, de estas artistas que ya son parte de la historia musical argentina.

Hilda junto a Gime cantaron el tema que da título al disco “Shima”, sumando nuevamente a Fidel Bravo en saxo y cuyo estribillo fue coreado. Ahí todo cobró sentido. No era solo un concierto. Era la presentación de un territorio interior.

Sobre final Romina Gaetani se sumó al escenario, cuyo caudal de voz me sorprendió gratamente y junto con Gimena cantaron a dúo “La Madrina”, un gran tema del disco, que enganchó con el tema de Romi “Alguna vez” sumándole performance a la interpretación que se disfrutó plenamente. El público respondió con emoción. Pueden buscar el video de ese momento en Instagram que explotó en visualizaciones.

“Ya vas a ver” interactuó con el público y fue el último del disco. Pero como la gente quería más se sumó la divina de Jimena Roig y Fidel Bravo con el saxo una vez más, luciéndose con un solo, para cantar y bailar al ritmo de “Tan Bien” un tema compuesto por ambas. Una despedida luminosa, transmutando al fin.

Una forma perfecta de despedir el año, rodeado de música y talento. Feliz por Gime, que sigue con la misma energía de aquella primera vez que la vi hace quince años, pero con un recorrido y crecimiento enorme en este tiempo, coronado con este primer disco solista Shima, inmenso como ella y que tuvo una noche mágica sin dudas.


Después de la música

Tras el show, las conversaciones continuaron. Hice algunas fotos y pude charlar un poco con Laura, Fidel, Romina, Jimena con j, todos con una amabilidad y energía hermosa. También con Juan Blas productor musical, un tipazo, entre otros. La música abre portales invisibles. Historias, anécdotas, ideas, recorridos.

Cuando pensé que la noche terminaba, Gime me invita a sumarme a tomar algo con el grupo. No voy a nombrar para no quemar a nadie, solo daré apellidos, pero en un bar de la zona la mesa se convirtió en una extensión natural del concierto. Charlas sobre giras, experiencias sonoras en Estados Unidos y en Europa, procesos creativos desde los orígenes del tango a cómo hacer un sampler, música y vida. Por algún motivo se pidieron temas de los redondos lo cual se prestó al debate. Y así fue culminando la noche, entre cervezas, picada y algún humo de libre pensador.

Los más noctámbulos quedamos hasta el final, había que partir, pero no sin la promesa de una visita a Rosario y también de una tercera edición que ya tiene fecha para el próximo 12 de marzo en La Casa de Lolita. Una vez más Gime a piano, su instrumento natural, con nuevos artistas invitados. Quien tenga la oportunidad que se acerque a disfrutar.

En algún momento entendí que estos viajes nunca son solo desplazamientos físicos. Son desplazamientos internos. Y que la música y los artistas son parte y mueven todos estos universos colectivos a su alrededor.


El regreso

Al día siguiente emprendí el regreso a Rosario.

Ciudad de locos corazones.

Volvía con la sensación de haber presenciado algo genuino. El crecimiento de una artista que sigue explorando, transformándose, buscando.

Shima no es solo un disco.

Es un nuevo punto de partida.

Y, como todo viaje verdadero, deja una marca invisible que continúa resonando mucho después de haber regresado.

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