Venezuela y la hipocresía del orden internacional actual.

Señalar la hipocresía del orden internacional no implica defender regímenes autoritarios ni justificar gobiernos que han traicionado a su propia gente.
Las dictaduras —se llamen como se llamen— no son una respuesta al imperialismo: son otra forma de violencia.

EE.UU – Venezuela y el orden internacional

Editorial — Multipase

Venezuela y el orden internacional

El caso Venezuela y el orden internacional: Hay algo que se repite en los grandes titulares del mundo, aunque rara vez se diga con todas las letras: el orden internacional que no es justo, es selectivo. Existe una ley escrita, tratados firmados, discursos solemnes sobre derechos humanos y paz. Pero existe también —y pesa más— una lógica invisible: el poder decide quién es culpable y quién es necesario.

Ese doble estándar es hoy el corazón de la hipocresía del sistema global.

Cuando un país catalogado como “enemigo” viola fronteras, captura personas o usa la fuerza, el mundo habla de terrorismo de Estado. Cuando lo hace una gran potencia, el mismo acto se disfraza de operación de seguridad nacional. No se vuelve legal. Solo se vuelve impune.

Y esa impunidad no es un detalle técnico: es una grieta moral que erosiona la idea misma de humanidad compartida.


El doble estándar como norma

La intuición es simple, casi infantil, pero profundamente verdadera:

  • Si lo hace un país débil → crimen internacional
  • Si lo hace una potencia → geopolítica

Este mecanismo explica por qué tantos actos que deberían ser investigados y juzgados nunca llegan a un tribunal. No porque sean correctos, sino porque el sistema internacional protege a quienes lo sostiene.

La justicia global no es igual para todos. Jurídicamente existe; políticamente carece de fuerza real para hacer pagar a los poderosos. Esa contradicción —esa impunidad estructural— es uno de los mayores fracasos del orden mundial actual.


Ejemplos recientes de un sistema con doble vara

Irak (2003): una guerra basada en mentiras
EE. UU. y el Reino Unido invadieron Irak alegando armas de destrucción masiva que nunca existieron. Desde el punto de vista del derecho internacional, fue una guerra ilegal que desestabilizó una región entera. ¿Quién fue juzgado? Nadie.

Libia (2011): cuando la “intervención humanitaria” destruye un país
Bajo ese argumento, la OTAN destruyó un Estado y acabó con una estructura social completa sin consecuencias para los países que lideraron la intervención.

Drones: la guerra permanente y silenciosa
Durante más de dos décadas, EE. UU. ha ejecutado ataques con drones en países soberanos —Pakistán, Yemen, Somalia, Afganistán, Siria— sin guerras declaradas ni autorizaciones claras, decidiendo quién vive y quién muere desde una pantalla.

Rusia en Ucrania, China latente frente a Taiwán, EE. UU. en Medio Oriente: actores distintos, lógica idéntica. El poder no pregunta, ejecuta.

Captura de un presidente hoyVenezuela y el orden internacional
Lo que está ocurriendo ahora supera incluso esos umbrales: fuerzas estadounidenses capturaron al presidente venezolano Nicolás Maduro en Caracas y lo trasladaron a Estados Unidos para enfrentar cargos federales, un hecho que muchos analistas consideran una violación grave de la soberanía venezolana y del derecho internacional. infobae+1

Independientemente de las acusaciones que se le imputan, la forma en que ocurrió —un ataque militar seguido de traslado a otro país— plantea preguntas fundamentales sobre la legalidad y los límites del poder cuando no hay autoridad internacional real que los controle. Chatham House

No es un caso aislado: se suma a una larga lista de acciones donde el poder decide el destino de otros sin rendir cuentas.


Cuando el desorden global llega al viaje

Este desorden no se queda en los despachos diplomáticos ni en los mapas de guerra. Se filtra en la vida cotidiana y rompe la confianza entre los pueblos. Convierte diferencias culturales en amenazas y a las personas en sospechosos por su origen o sus recorridos.

El turismo —esa forma profunda de encuentro entre culturas— es una de las primeras víctimas.
Hoy, la simple visita a ciertos países puede condicionarte el futuro: haber viajado a Cuba, por ejemplo, puede complicar o directamente impedir la obtención de una visa como la estadounidense. No importa si sos argentino, alemán o de cualquier otra nacionalidad. Lo que debería ser una experiencia cultural se transforma en una marca política.

Las fronteras se endurecen, los prejuicios crecen, los destinos se militarizan. El viajero deja de ser un puente y pasa a ser un riesgo.
Moverse por el mundo ya no depende solo de la curiosidad o el respeto, sino de decisiones tomadas muy lejos del camino.

Viajar debería ser un acto de apertura. Pero en un mundo gobernado por la hipocresía, moverse también se vuelve un privilegio político y económico.


Una aclaración necesaria

Señalar la hipocresía del orden internacional no implica defender regímenes autoritarios ni justificar gobiernos que han traicionado a su propia gente.
Las dictaduras —se llamen como se llamen— no son una respuesta al imperialismo: son otra forma de violencia.

En países como Venezuela o Cuba ( ver crónica de Cuba ), millones de personas no son rehenes de un “sistema abstracto”, sino de decisiones geopolíticas, y también hay que decirlo, de dirigentes incompetentes, corruptos o enquistados en el poder que han limitado libertades básicas, censurado voces disidentes y empujado a su propia población al exilio, al miedo o a la resignación. Eso también es una injusticia, y también debe ser nombrada.

Defender la soberanía de los pueblos no es lo mismo que defender a sus gobiernos.
Denunciar el abuso de las grandes potencias no implica cerrar los ojos frente a la represión interna. Ambas cosas pueden —y deben— decirse al mismo tiempo.

Porque al final, quienes pagan siempre son los mismos:
los ciudadanos comunes, los que hacen fila, los que emigran, los que callan para sobrevivir, los que sueñan con viajar o simplemente vivir con dignidad.

El silencio solo evade el asunto

En Multipase creemos que viajar no es solo desplazarse: es observar, escuchar y tratar de comprender el mundo que habitamos. Y comprenderlo implica no mirar para otro lado cuando el orden internacional muestra sus contradicciones, ni cuando los hechos incomodan.

Callar frente a esas tensiones no las hace desaparecer; apenas las vuelve invisibles.

La ley existe. La justicia, no siempre.

Mientras el poder decida quién rinde cuentas y quién no, seguiremos moviéndonos en un mundo donde las fronteras, las libertades y los viajes están condicionados por decisiones que rara vez se discuten. Seguiremos habitando un orden internacional que habla de paz, pero vive de la guerra.

Mirar, nombrar y preguntar no resuelve todo.
Pero evadirlo, seguro, no resuelve nada.

Y quizás el primer paso para cambiar algo sea, al menos, llamar a las cosas por su nombre.

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